La vida es eso que pasa mientras leés esto

Ayer viví uno de esos momentos en los que “la flasheás”.
De esos ratos en los que terminás riendo o llorando en soledad, buscando a ese cómplice inexistente solo con el fin de que la experiencia haya sido compartida.
Pero no habia nadie.
Estaba solo.
Y vivo.
Por sobre todas las cosas: Vivo.

Hacía mucho que nada me hacia flipar “hasta ahí”.

Por lo general somos expectadores de experiencias increíbles pero todo nos chupa un huevo. Damos por sentado todo y nos cagamos en nuestra mismísima increíble existencia.
A ver: nacemos en agua, dentro de otro ser.
Crecemos, aprendemos a hablar y nuestros órganos se desarrollan (solos) y funcionan a la perfección para que vos después ni siquiera repares en la mismísima existencia.

¡Estamos vivos gente!

Ay… “la vida”.

La vida es eso que pasa mientras leés esto.

Siendo testigo

Durante las últimas semanas había estado lloviendo zarpado.
Hello, estamos en Irlanda, si no está nublado, está lloviendo y si no está lloviendo está nublado. Cuando sale el sol todos los vampiros salen de la cueva y todo se transforma. TODO florece, hasta la alegría de la gente. Increíble como el clima moldea el humor de los humanos.
Me pregunto: ¿Sucederá lo mismo con el resto de los animales?

Llovió zarpado.
Y acá, en Lisdoonvarna, el pueblito donde vivimos con la escritora (devenida en house keeper) hay un arroyito hermoso.
En verdad, para el resto de los visitantes, no es hermoso.
Osea, estamos a 10 kms de los Cliffs of Moher y claramente el arroyito no tiene nada que hacer frente a los Cliffs pero no importa, I love it.
El arroyito tiene ese no se qué, que lo hace especial.
¿Mesmerising?
¡Mesmerising!
Ese arroyito es ULTRA mesmerising.
Ni idea qué significa mesmerising pero ese arroyito LO ES.

¡Hipnotizante!… voilà.

Pegando energía cósmica

La cosa es que desde que llegué acá, todas las mañanas y todas las tardes fui al menos por media hora al arroyito y no les voy a mentir: pegué energía cósmica al mil (riendo solo como un idiota y todo eso).

El tema es que, como llovió zarpado, el arroyito estaba ultra crecido y movido y no se llegaba a divisar el fondo. Y siempre se divisa el fondo, tal es así que siempre veo moneditas por ahí abandonadas, quizás de alguien que alguna vez pidió un deseo…

Como todos los días, me senté en el banquito, enfoqué mi atención en mi respiración, elongué mis hombros y cerré los ojos.

Después de leer tanto a K, escuchar tanto a RS y sumergirme en el mundillo de la “non-duality”, decidí sumergirme una vez más en el demencial mundo de mis pensamientos.
No como opresor, mandatario o dueño.
Sino como testigo.

¿Qué ví?

El arroyo.
Tener los ojos cerrados, era lo mismo que tener los ojos abiertos.
Así como llovía agua, llovían pensamientos.
Así como el agua corría, corrían pensamientos.
A mayor caída de agua, mayor caudal en el río de los pensamientos.
Y no podía hacer nada más que estar ahí; sentado, observando.
Sumergirme en la locura del arroyo, era sinónimo de suicidio. Quedaría atrapado.
Decidí quedarme a un costado y observar.

Al día siguiente salió el sol y nuevamente, todo floreció y se secó.
Convengamos que esto es Irlanda y cuando digo “se secó” en verdad no se secó una bosta, simplemente estaba todo menos húmedo.
Justo coincidió con que ese día fue el franco de la escritora y nos fuimos a pasear. Ese día no hubo arroyito.
Y créanme; lo extrañé.

Al día siguiente, la semana comenzó como cualquier otra; la escritora yendo a trabajar, yo acompañándola para luego hacer mi caminatita diaria hacia el arroyo. El día; nuevamente precioso, sol pleno, pájaros cantando y todo era acaparado por el verde más verde que alguna vez puedan imaginar.

Cuando llegué al arroyito me encontré con un increíble charco transparente. El agua corría MUY lento, y uno podía divisar el fondo y todas las monedas sin ningún inconveniente. Los pájaros cantaban y comían insectos que gracias al calor, se habían multiplicado notablemente.

Me senté, inhalé, exhalé, estiré mis hombros y cerré mis ojos…

¿Qué ví?

Un perro viajero

Nuevamente, el arroyo era mi mente.
Y mi mente, el arroyo.
Todo estaba muy claro. Claro y calmo.
No había pensamientos.
El aire entraba y salía.
El agua fluía apaciblemente.

Noté que no sólo mi mente era el arroyo.
Yo era el arroyo.
El tiempo dejó de existir. El espacio casi también.
Mis manos eran alas, mi cabeza diminuta y mis caderas tiesas, como siempre; larga vida al stretching.

Repentinamente apareció un perro.
Bajé de un hondazo.

Le sonreí, me miró con ganas de que quería que lo persiguiera, porque en otra vida fui un perro perseguidor, es lo tengo muy claro. Su dueña no se veía tan amigable.
Los saludé.
Se fueron.

Sonreí.
¡Soy un perro!
Inhalé.
Exhalé.

Noté que desde aquellos días como “foreign meditator” en Wat Ram Poeng que no sentía algo así. Pero ese es otro cuento.

Volví a casa caminando MUY lento.
Reflexivo. Pero lo que fue, ya no era y no volverá a ser jamás.
Solté una o dos lágrimas. No por tristeza. No por miedo.
Por estar vivo.

Y decidí escribir

Mientras escribo esto indago sobre la cantidad de analogías y metáforas que (de seguro) nos propone a diario la vida para descubrirnos a nosotros mismos y descubrir de qué se trata todo esto; sobre la sensibilidad de la que dispone cada uno de nosotros para percibirlo.

Yo: lo tuve frente a mis ojos durante los últimos 30 días.
Y sólo ayer maduró.

Observen que lo que están buscando, está ahí (y en ningún otro lugar).

E.

Exe Guerra Written by:

Primero fue Nueva Zelanda. Después Tonga, Asia y Argentina. En Australia encontré el amor (y la muerte). Hoy: Irlanda. Mañana: Dinamarca. Intentando descubrirme a mí mismo a través de estos textos que nacen en mi corazón.

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