Él

Era un día como cualquier otro.

Él se levantaba temprano para “trabajar”.
Escuchaba ruidos de campanillas extrañas, puertas que se abrían, gases y oía líquido fluir.
A veces olores invadían el ambiente, pero él estaba condenado (o bendecido) a poseer un olor propio. Estaba condenado a su labor y a su olor.
Él no quería cambiar. Él no quería salir. Él no quería ser otro. Amaba los ruidos, amaba los olores pero siempre estaba a la espera del amor.

Porque todos los seres conocen el amor. Hasta los jabones.

Era un jabón de lavanda. Un jabón ordinario. Un jabón de familia. Sin pelos y cuidado. Y disfrutaba al máximo su efímera vida de jabón.

Algunas veces, cuando uno de los integrantes de la familia se masturbaba al ducharse, él pasaba largos minutos bajo el agua sintiendo las vibraciones generadas a raíz de la masturbación.

Porque, si hay algo que los jabones saben es de cuerpos, por ende de vibraciones, por ende de energía, por ende, de amor.

Este jabón sabia de la existencia del amor. En varias ocasiones el joven masturbante llevaba acompañantes a su ducha con quienes tenía relaciones y el jabón, al sentir las vibraciones de los cuerpos, sentía el amor.

Conocía el amor pero desconocía el amor.

El jabón sentía que mientras disfrutaba los largos baños del joven, se iba encogiendo.
El tiempo pasaba y él sabía que eventualmente iba a dejar de existir y a convertirse en espuma, a mimetizarse con el agua y a desaparecer por el desagüe; a dejar de ser parte de esa familia y de ese amor.

Qué triste la vida de un jabón, pensaba para sí mismo.

Un día, cuando el jabón ya se escurría por entre las manos del joven, debido a que su consistencia ya no era la de antes (ya estaba viejo, gomoso y con muy pocas duchas por delante), notó que el joven, de espaldas a él, había entrado a la ducha como nunca antes, con un paquete.

Estando detrás del joven y sin poder divisar de qué se trataba, sintió un olor distinto… un hermoso e inusual olor distinto.
Flores de primavera, pensó.

El joven abrió el paquete y suavemente se dio vuelta permitiendo ver entre sus manos un hermoso, recién sacado del paquete, jabón rosado.

El anciano jabón de lavanda, ya despedazándose en pequeños pedacitos finalmente conoció (y sintió) el amor. Fue amor a primera vista o mejor dicho, a primer olfato.

El joven agarró al anciano jabón y como si hubiese reconocido este amor instantáneo, unió los dos jabones, los apretujó con las mismas manos y casi con la misma fuerza con la que solía masturbarse en esa bañera y los unió.

El amor entre los jabones fue tal que se integraron, se hicieron uno y jamás se separaron.

Un nuevo día empezó y en la jabonera, con tintes rosados y violacios, quedó plasmado en un solo jabón, el amor.

 

Exe Guerra Written by:

Primero fue Nueva Zelanda. Después Tonga, Asia y Argentina. En Australia encontré el amor (y la muerte). Hoy: Irlanda. Mañana: Dinamarca. Intentando descubrirme a mí mismo a través de estos textos que nacen en mi corazón.

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